jueves, 1 de septiembre de 2016

Nadie puede controlar los sueños que tiene

Nadie puede controlar los sueños que tiene.

Mi abuela me explicó una vez en que consiste la vida. Primero eres una niña, me dijo, después, en un segundo, estás en una cama apunto de morir y no te explicas, apenas recuerdas, qué ha pasado mientras tanto. Sólo sabes que ya se ha acabado.
La vida sería mejor si la gente se pegase de mentira como en esos espectáculos de lucha libre americana. Pero la vida no es así, lo sé. Está todo bien, pienso, aunque durante un tiempo todo el mundo pensó que no lo estaba, porque no comía, no dormía y sin embargo los médicos no encontraron ni rastro de la enfermedad que me había robado el apetito y el sueño, hasta las ganas de vivir. No era para tanto. Seguía siendo la misma de siempre, más cansada, más harta. Tal vez no necesite otra cosa, tengo mucho de todo lo demás. Imagino los brazos de un hombre alrededor de mi cuerpo y una paz que me permita dormir toda la noche, pero sé que el mundo real no tiene golpes de mentira y que los expertos no alcanzan a saber lo que se esconde dentro de todas las chicas que no sonríen ni duermen.
El médico no ha entendido nada le dije a mi madre, mi enfermedad, de haber existido, dejó de ser un problema, en cuanto crecí hasta ser lo que soy ahora, no es, ni se parece, a lo que yo quería ser. Quiero a todo el mundo, a gente de África que no conozco, a los niños pobres que no tienen nada, incluso pensé por un tiempo, más de una semana, adoptar uno. La idea perdió toda fuerza. Mis ideas pierden fuerza a menudo. Es uno de mis defectos, mis ideas se desvanecen. Imagino fiestas en las que no conozco a nadie. Presentaciones de libros que no he leído, o inauguraciones de artistas muy famosos de los que jamás he oído hablar.
Me gustan las faldas ceñidas, los zapatos de tacón, y los jugadores suplentes.
El cine que empezó siendo una parte de mi vida ha terminado por ser mi vida entera, el último reducto en el que protegerse de todas las demás confusiones.
Han muerto las distancias, las precauciones, el vértigo, el arte por el arte, el cine por el cine. Hay que sentir en el estómago, en los huesos, en el corazón.
Y el resto de mujeres, de mentira, que caminan deprisa sin saber bien adónde, entre el desamor y el taxi.
Me trae recuerdos de la gente que fui. Sin nostalgia, sin ira, imágenes nada más.
Creíamos tanto en el arte (pero creíamos de veras), no en el arte al servicio del hombre, sino en el hombre al servicio del arte.
La energía que derrochábamos no nos impedía ver la ironía implícita en la pelea. No las llamábamos películas, lo llamábamos cine.
Habría que dejar la vida tranquila, la realidad se basta sola.

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